Ella llegó hace 10 años, cuando yo arrancaba mi propio viaje lejos de estas tierras. Nació y escuché de su llegada por teléfono mientras lloraba de alegria. Luego la conocí, hermosa, rosadita, pelo negro, ojos grandes y cada año llegaba cargada de ilusiones para verla, tocarla, besarla, conocerla. Mi sobrina.
Aprendí a esperar cada Diciembre cuando jugábamos con los pétalos de las flores, los aretes, pulseras y pañoletas. Año tras año, esos encuentros fueron unas de mis ilusiones mas grandes. Fue con ella que aprendí del amor tierno, del amor infinto, del amor abrumador. Recuerdo los paseos a comer helado, a montar en maquinitas, los letreros cuando me esperaba en el aeropuerto y sobretodo su voz dulce de niña, su sonrisa picarona y la suavidad de sus crespos.
Desde lejos aprendí a amarla, y ahora, ya casi no -niña y casi mujer, ya en medio del tumulto que son estos años de adolescencia, me deleito con esta bendición de poder verla mas que solo una vez al año, con esta bendición de poder escucharla leerle cuentos a Santi o cantarle canciones a Paloma, escucharla reirse o contarme algo de su vida. Esta otra mujercita, parte grande de mi círculo de mujeres amadas. Ya grande, alta, noble, llena de amor, sabia y todavía increiblemente: hermosa. Mi sobrina.



